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CULTO A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
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El culto a la bienaventurada Virgen María
hunde sus raíces en el insondable y libérrimo designio de amor de Dios:
La amó por nosotros; se la dio a sí mismo y la dio a nosotros. La misión
maternal de la Virgen empuja al Pueblo de Dios a dirigirse con fiel
confianza a aquella que está siempre dispuesta a acogerlo con afecto
de madre y con eficaz ayuda de auxiliadora; por eso el Pueblo de Dios
la invoca como Consoladora de los afligidos, Salud de los enfermos,
Refugio de los pecadores. La Iglesia católica, basándose en su esperanza
secular, reconoce en la devoción a la Virgen una poderosa ayuda para
el hombre hacia la conquista de su plenitud. Ella, "la Mujer nueva",
está junto a Cristo, "el Hombre nuevo", en cuyo misterio solamente encuentra
verdadera luz el misterio del hombre, como prenda y garantía de que
en una simple creatura -es decir, en ella- se ha realizado ya el proyecto
de Dios en Cristo para la salvación de todos los hombres. Al hombre
contemporáneo, de corazón dividido y espíritu angustiado, la Virgen,
contemplada en su vicisitud evangélica y en la realidad ya conseguida
en la Ciudad de Dios, ofrece una visión serena y una palabra tranquilizadora:
la victoria de la esperanza sobre la angustia, de la comunión sobre
la soledad, de la paz sobre la turbación, de la alegría y de la belleza
sobre el tedio y la náusea, de las perspectivas eternas sobre las temporales,
de la vida sobre la muerte. Vitral Principal de Ntra. Sra. de Lourdes. |
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